Sintiendo la emoción lejana, su cuerpo abandonado se adentra en la profundidad de lo impuesto, en la tierra negra que se queda pegada a la piel cuando todo lo demás vuelve al suelo.
Lejos de la multitud, cuando el calor abandona, se hunde en la arena sabiendo que observa a quien no puede retar, añorando la alegría, la reflexión no incitada y la espontaneidad del amor.
Sintiendo la emoción ajena, considera la vida un continuo envolver y desenvolver sorpresas, odiando tener que temer la parte más dulce de lo inesperado.
Recuerda que sus labios lucen bellos en el espejo cuando sonríe y que la naturalidad de la juventud se hace intensa en sus palabras, que se escuchan melodiosas, aunque tenga el alma seca.
Sintiendo la emoción volar, crea una línea imaginaria capaz de conectar sus pensamientos con el mar, adaptándolos así, al compás del movimiento descontrolado del agua.
Camina bajo el sol aunque las piedras golpean sus pies, sabiendo que es la vida la que aplasta su sueño entero entre las olas, pensando que es el frío lo único que ahora debe vencer.