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El final del camino

Dicen que todo camino siempre tiene un desenlace; una marca en la tierra, una herida en el aire. Un cierre inesperado que nunca se parece a lo que uno había pensado. Siempre llega el final de la espera para todo perdido caminante.

Como ese mismo hombre que tantas veces pensó en ella.

Al principio de la historia la tenía muy seguido. Al amanecer y a la noche, cuando sus ojos veían y cuando su mente cegada de cansancio, lloraba su ausencia. La tenía entre la niebla y el sol, en las tardes de invierno en el monte y en el corazón del sol.

Veía pasear su silueta dando pasos cortos para alargar la pena. Su mente imaginaba el cuerpo proyectado en la pared de cualquier lugar al que iba. La tenía, la veía. Intocable, sonriente, muy real.

Caminaba por el campo y la veía en el cielo, caminaba cerca al mar y la veía en la arena. En cada trozo de vida y en cada señal de muerte. Si bajaba al infierno envuelto en dolor o si era llevado al cielo en los brazos de otra amante. Si la naturaleza hablaba o hacía vibrar la tierra e incluso cuando el destino se emperraba en hacerlo explotar de rabia.

¡Y han sido tantas las veces!

Con el tiempo la olvidaba, llegaba a nuevas tierras, soñaba nuevas miradas. Esperaba olvidarla, perdido en el ideal del camino inacabable. A veces lo conseguía y a veces se cansaba de intentarlo.

El caminante no pensó que llegaría ese momento. O quizás de tanto pensarlo, dejó de parecerle posible. Pero pasó.

Una tarde ella miró.

Y desde entonces, ¡fueron tantas las veces que lo quiso!

Como una marca en la tierra y como una herida en el aire.

Incansable

Es el sentimiento de juventud en mi cuerpo cuando giro mi vida a un lado para empezar a contar verdades y el aire de una ciudad más limpia que mi recuerdo, lo que me hacen eterna.

Son las horas vacías esperando un desenlace y la lucha de la razón y la dicha completando espacios en paredes coral.
Es la voz de la soledad sentada en vano en tierras desconocidas y la lucidez del perdido que llama sin tener respuesta.

Son los ojos remojados en alcohol de la viuda del entierro y el llanto de la amante escondida entre tinieblas. Es la tierra atragantada de secretos, enviando gusanos al oscuro para borrar sus huellas.

Es el cielo y sus colores, reflejo de la agonía de una vida perdida. Otra vida, otro ardor, otra historia sin contexto.

Una vez más, la batalla de fogeo superando a la guerra y la revancha de los sanos relinchando burlones que perdimos.

Perdimos…

Es la luz de la noche confundida entre el verde y la paz de lo nuevo apareciendo en el monte. Son los días que pasan y las horas que cuento, las personas que hablan y sus almas mintiendo. El corazón del fuego y los pasos cansados del viento chocando contra la piel del rendido.

Es el latido, es el clamor del latido. Ola de vida incansable.

Incansable.

¿Cuándo parar?

Había una vez una mujer que se retiró a una cueva en las montañas con un gurú. Quería, decía ella, aprender todo lo que pudiera saber.
El gurú le dio montones de libros y la dejó sola para que pudiera estudiar.
Cada mañana, el gurú regresaba a la cueva a verificar el progreso de la mujer.
En su mano llevaba un pesado bastón de madera. Cada mañana le hacía la misma pregunta.

“¿Ya has aprendido todo que se puede saber?”  Cada mañana, la respuesta de ella era la misma.
“No”, decía, “no lo he hecho”. El gurú entonces le pegaba en la cabeza con su bastón.

Esta escena se repitió durante meses.

Un día el gurú entró en la cueva, hizo la misma pregunta, escucho la misma respuesta y levantó su bastón para pegarle de la misma manera, pero la mujer cogió el bastón del gurú, parando su golpe en el aire. Aliviada de haber dado fin a los golpes cotidianos, pero temerosa de la represalia, la mujer volvió la vista hacia el gurú. Para su sorpresa el gurú sonrió.

Felicidades”, le dijo, “te has graduado, ahora sabes todo que necesitas saber.”
“¿Cómo es eso?”, preguntó la mujer.
“Has aprendido que nunca aprenderás todo lo que se puede saber”, le contestó.

“Y has aprendido a parar el dolor”

Hesse

[...]

Un día le preguntó:

- ¿También a ti te enseñó el río aquel secreto: que el tiempo no existe?
Una clara sonrisa iluminó el rostro de Vasudeva.

- Sí, Siddhartha -repuso-. Te estarás refiriendo sin duda a lo siguiente: que el río está a la vez en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes simultáneamente, y que para él no existe más que el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro.

- Así es -dijo Siddhartha-. Y cuando me lo enseñó, me puse a contemplar mi vida y advertí que ella también era un río y que nada real, sino tan solo sombras, separan al Siddhartha niño del Siddhartha hombre y del Siddhartha anciano. Las encarnaciones anteriores de Siddhartha tampoco eran un pasado, como su muerte y su retorno a Brahma no serán ningún futuro. Nada ha sido ni será; todo es, todo tiene una esencia y un presente.

[...]

 

Protagonistas

La ciudad se mueve ágil, excitada y con apuro, paseando sobre pies de plomo.
Pies de pueblo. Pies del vago, sumergidos en tierras que lo atrapan. Pies del aberrante y pies del divino, elevados sutilmente sobre el suelo.

Sus calles atormentadas se juntan y se separan, se intercalan y conversan.
Cuentan historias de hombres y mujeres incapaces de protagonizarlas.
Sus palabras atraviesan como gritos la débil piel del luchador, que absorbido por el simbolismo del mundo, cae frágil hasta el patio de la villa.

Desde ahí mira el mar. Lo mira y respira. El aire entra profundo hinchando su pecho y entonces pregunta al cielo:

“Qué querrá contarme ahora?”

La ciudad dirige un murmullo ahogado en el viento y le cuenta uno a uno los relatos más tristes de los viajantes:

“Esos dolidos pies que no reconocen el cuerpo al que pertenecen… y estas huellas fugaces en mi lomo, son sellos de almas perdidas que prefieren papeles secundarios sin saber que nacieron protagonistas.
Sin saber que sus manos dan razón a mi existencia, hoy sus penas y temores son mi calvario y tortura!
Y aquí estamos, tú, la lucha; y yo, la furia.
Tú las ansias, tú la vida.
Tú y yo, atascados frente al mar, esperando a que despierten”

El mudo y el jazmín

En la mirada del mudo se esconde el secreto del momento exacto en que la vida elige parar; justo cuando el Jazmín, cansado de verla pasar, decide sentirse humano y soltándose de la rama, cae hasta el suelo de la esquina entre Santa Isabel y Aljovín.

El mudo.
La blancura del jazmín opacó sus ganas de hablar y en su lugar, aparecieron nuevos e intensos deseos de grabar, en algún lugar seguro y muy oculto de su mente, la belleza de la entrega observada.

Sus ojos han conseguido notar el tiempo mágico en que el aire protagoniza la hazaña.
Ha detectado el instante:
La tierra excitada esperando a la flor, el movimiento gracioso y errante de ésta y la luz comprendiendo al fin, lo imprevisible del viento.

Ni siquiera el perfume de la calle agradecida era capaz de emocionarlo tanto como lo había hecho esa imagen.

El mudo y el jazmin: la poderosa capacidad del ser y lo inestable de la vida, unidos en uno de los pocos momentos en los que el deseo insatisfecho es superado por la perfección inmóvil de una flor a punto de morir.

El farsante

Las manos del pianista que nunca aprendió a tocar y la voz del cantante que no enamora a la actriz, se unen en la agridulce palabra del farsante.
Dulce mentira la suya… “ardida batalla de gigantes sobre la tierra seca de un mundo que se quedó muy pequeño”
La mirada llena de vida de la mujer que no sabe amar y la palabra vacía del amante sin maneras.
El sabor de la comida del pobre y la sucia humanidad del libre. Son los artistas del juego más lento que se haya visto en la isla; protagonistas de las comedias contadas por la boca del farsante.
La elevada sensación de estar curado, que se esfuma cuando el viento sopla suave y una brisa limitante en la espalda del preso. Los caminos inventados del enfermo y la innecesaria perfección muscular del común. Son básicas figuras del relato más corto jamás contado. Obras completas en reventa y la más pura expresión del farsante.
El farsante. El que único escritor que, con sus historias, me acaba.

Últimos recuerdos de una ciudad antes de dormir

Pensando en jóvenes que no quieren dejar de ser jóvenes y en viejos que no entienden la vida sin juventud. Así se acuesta la ciudad, tarareando esa vida expectante y desquiciada de los que se la pasan soñando con ideas de otros mundos mientras caminan sobre calles escritas en montañas de intentos fallidos, andenes en prueba y tanta, tanta destrucción.

Espacios de tiempo ajenos que retumban en la tierra, removiendo las entrañas de todos los seres sobre Lima: La sucia y sexual, representante de la mujer de todos los hombres. Mujer de mujeres, puta entre las putas, única rebelde con derecho al descanso.
Viendo pasear cometas sin aire, creando pasiones sin carne y atando cabos sin cuerdas; así se acuesta, andando caminos húmedos y flácidos tras la llovizna perezosa de la mañana.

Pensando en niños acróbatas que bailan sobre concreto de sangre coagulada y en abuelos escapistas que aun fantasean con la fuga.

Así se tumba ella, campante y disforzada, chismosa, cochina, aberrante, desnuda. Orgullosa de ser amada por pocos acomodados y satisfecha por miles de hombres sin cuello.

Sus últimos pensamientos son bruma y desechos en las hojas de los árboles que solo en ella no conocen la lluvia. Sus últimos bostezos son olas en el mar. Sus últimos ruegos son cumplir con la labor de repasarlo todo igual, cada noche, justo antes de dormir.

Mi mar azul

Respiro.
Una mano dibuja ondas sobre mi piel, sin tocarme.

Hondo.
Como mis ojos buscando el fondo del mar, que parece lejano aunque sé que está cerca.

Suspiro.
Una boca conversa rondando mi oído, sin hablar.

Liviano.
Como mi cuerpo bajo el agua que en la arena, es transparente;
enfurecida, blanca y desde el cielo, azul.

Solo para mi

Mi alma brilla y mi mente vibra.
Mi cielo gris se siente bello escondiendo al sol, “solo para mi”
(Solo para mi)

Mi agua silenciosa no choca contra el suelo, sino que lo acaricia.
Y mientras los dulces buscan a sus dioses entre la nube y sus gotas, mientras la calle y el poste se empapan de tierra, mientras la luz se apaga y la vida se enciende… mi alma brilla.

Mi mar violento se calma buscando a la luna.
(Solo para mi)

Mi lento caminar se desespera y mientras las flores nacen, aman y mueren.
Mientras el barro ensucia mi piel ardiente, mientras el viento sopla y las letras borra, mi alma brilla.
Mi amor se agota y se busca entre lenguas y manos. Mis hojas caen cubriendo el pasto.
Y mientras las horas van y las voces pasan, mi lucha encuentra cada vez menos rivales.
Mientras el fuego arde y el río enfría, mientras la madre canta y la niña duerme… mi alma brilla.
Brilla.

Brilla solo para mi.

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