Mallarmé

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Ángel González

Qué perezoso día
que no quiere marcharse hoy y a su hora.
El sol, ya tras la línea lúcida del horizonte,
tira de él,
lo reclama.
Pero los pájaros lo enredan con su canto
en las ramas más altas
y una brisa contraria
sostiene en vilo el polvo dorado de su luz
sobre nosotros.
Sale la luna y sigue siendo el día.
La luz que era de oro, ahora es de plata.

“Un largo adiós” (Otoño y otras luces, 2001)

El cactus de la terraza

El viento suave luchando por ser fresco se acerca hasta mi piel, trayéndome regalos. Viaja en el tiempo llevando todos los olores conocidos de esta ciudad infinita.
En lo alto del edificio, mezclo el aire con tabaco, siento el sol amenazante y busco la frescura de un campo que no veo.

Hay un cactus frente a mi que ruega ser tocado; nadie quiere acariciarle, todos temen sus espinas. Pocos son los que han notado, que si es lenta la caricia, tiene un tacto delicioso.
Mis dedos en su textura y parece aun mas hermoso; lo toco sin temor, viendo cómo lo que podría ser doloroso, es ahora placentero.

Me gusta la naturaleza y me gustan sus espinas.

Hay alguien que también es como él. Hay alguien a quien no temo tocar.
Un alma que duele sobre la que me puedo tumbar sin hacerme daño.

El viento suave me trae su voz: me despido sin tristeza del olor, del campo imaginado, del sol y sus amenazas, de las flores y del cactus.
La realidad junto al espinoso, es por una vez, más maravillosa que mis sueños.