Últimos recuerdos de una ciudad antes de dormir

Pensando en jóvenes que no quieren dejar de serlo y en viejos que no entienden la vida sin juventud, se acuesta la ciudad. Tararea la misma historia expectante y desquiciada de los que se la pasan soñando con ideas de otros mundos mientras caminan sobre calles escritas en montañas de intentos fallidos, andenes en prueba y mucha, mucha destrucción.

Espacios de tiempo ajenos que retumban en la tierra, removiendo las entrañas de todos los seres sobre Lima: la sucia y sexual, representante de la mujer de todos los hombres, puta entre las putas, única rebelde con derecho al descanso.
Viendo pasear cometas sin aire, creando pasiones sin carne y atando cabos sin cuerdas; amanece en caminos húmedos y flácidos tras la llovizna perezosa de la mañana.

Así se tumba ella cuando llega la noche, campante y disforzada, chismosa, cochina, aberrante, desnuda. Orgullosa de ser amada por pocos acomodados y satisfecha por miles de hombres sin cuello. Recreada en la mirada de niños acróbatas que bailan sobre concreto de sangre coagulada y en abuelos escapistas que aun fantasean la fuga.

Sus últimos pensamientos son bruma y desechos en las hojas de los árboles que solo en ella no conocen la lluvia. Sus últimos bostezos son olas en el mar. Sus últimos ruegos son cumplir con la labor de repasarlo todo igual, cada noche, justo antes de dormir.

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