El mudo y el jazmín

En la mirada del mudo se esconde el secreto del momento exacto en que la vida elige parar; justo cuando el Jazmín, cansado de verla pasar, decide sentirse humano y soltándose de la rama, cae hasta el suelo de la esquina entre Santa Isabel y Aljovín.

El mudo.
La blancura del jazmín opacó sus ganas de hablar y en su lugar, aparecieron nuevos e intensos deseos de grabar, en algún lugar seguro y muy oculto de su mente, la belleza de la entrega observada.

Sus ojos han conseguido notar el tiempo mágico en que el aire protagoniza la hazaña.
Ha detectado el instante:
La tierra excitada esperando a la flor, el movimiento gracioso y errante de ésta y la luz comprendiendo al fin, lo imprevisible del viento.

Ni siquiera el perfume de la calle agradecida era capaz de emocionarlo tanto como lo había hecho esa imagen.

El mudo y el jazmin: la poderosa capacidad del ser y lo inestable de la vida, unidos en uno de los pocos momentos en los que el deseo insatisfecho es superado por la perfección inmóvil de una flor a punto de morir.

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El farsante

Las manos del pianista que nunca aprendió a tocar y la voz del cantante que no enamora a la actriz, se unen en la agridulce palabra del farsante.
Dulce mentira la suya… “ardida batalla de gigantes sobre la tierra seca de un mundo que se quedó muy pequeño”
La mirada llena de vida de la mujer que no sabe amar y la palabra vacía del amante sin maneras.
El sabor de la comida del pobre y la sucia humanidad del libre. Son los artistas del juego más lento que se haya visto en la isla; protagonistas de las comedias contadas por la boca del farsante.
La elevada sensación de estar curado, que se esfuma cuando el viento sopla suave y una brisa limitante en la espalda del preso. Los caminos inventados del enfermo y la innecesaria perfección muscular del común. Son básicas figuras del relato más corto jamás contado. Obras completas en reventa y la más pura expresión del farsante.
El farsante. El que único escritor que, con sus historias, me acaba.