Incansable

El sentimiento de juventud en mi cuerpo cuando giro mi vida a un lado para empezar a contar verdades y el aire de una ciudad más limpia que mi recuerdo, son las cosas que me hacen eterna.

Son las horas vacías esperando un desenlace y la lucha de la razón y la dicha completando espacios en paredes coral.
Es la voz de la soledad sentada en vano en tierras desconocidas y la lucidez del perdido que llama sin tener respuesta.

Son los ojos remojados en alcohol de la viuda del entierro y el llanto de la amante escondida entre tinieblas.

Es la tierra atragantada de secretos, enviando gusanos al oscuro para borrar sus huellas.

Es el cielo y sus colores, reflejo de la agonía de una vida perdida. Otra vida, otro ardor, otra historia sin contexto.

Una vez más, la batalla de fogueo superando a la guerra y la revancha de los sanos relinchando burlones que perdimos.

Perdimos…

Es la luz de la noche confundida entre el verde y la paz de lo nuevo apareciendo en el monte. Son los días que pasan y las horas que cuento, las personas que hablan y sus almas mintiendo. El corazón del fuego y los pasos cansados del viento chocando contra la piel del rendido.

Es el latido, es el clamor del latido. Ola de vida incansable.

Incansable.

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¿Cuándo parar?

Había una vez una mujer que se retiró a una cueva en las montañas con un gurú. Quería, decía ella, aprender todo lo que pudiera saber.
El gurú le dio montones de libros y la dejó sola para que pudiera estudiar.
Cada mañana, el gurú regresaba a la cueva a verificar el progreso de la mujer.
En su mano llevaba un pesado bastón de madera. Cada mañana le hacía la misma pregunta.

“¿Ya has aprendido todo que se puede saber?”  Cada mañana, la respuesta de ella era la misma.
“No”, decía, “no lo he hecho”. El gurú entonces le pegaba en la cabeza con su bastón.

Esta escena se repitió durante meses.

Un día el gurú entró en la cueva, hizo la misma pregunta, escucho la misma respuesta y levantó su bastón para pegarle de la misma manera, pero la mujer cogió el bastón del gurú, parando su golpe en el aire. Aliviada de haber dado fin a los golpes cotidianos, pero temerosa de la represalia, la mujer volvió la vista hacia el gurú. Para su sorpresa el gurú sonrió.

Felicidades”, le dijo, “te has graduado, ahora sabes todo que necesitas saber.”
“¿Cómo es eso?”, preguntó la mujer.
“Has aprendido que nunca aprenderás todo lo que se puede saber”, le contestó.

“Y has aprendido a parar el dolor”