El final del camino

Dicen que todo camino siempre tiene un desenlace; una marca en la tierra, una herida en el aire.
Un cierre inesperado alejado de la imaginación, el final de la espera que convierte el tiempo perdido en presente.
Como el deseo del hombre que tantas veces pensó en ella.

Al principio la tenía muy seguido: al amanecer y a la noche, cuando sus ojos veían y cuando su mente cegada de cansancio, lloraba su ausencia.
La tenía entre la niebla y el sol, en las tardes de invierno y en el corazón del sol.

Veía pasear su silueta alargando la pena en pasos cortos.
Su mente imaginaba el cuerpo proyectado en la pared de cualquier lugar al que iba.
La tenía, la veía. Intocable, sonriente y tan real como su ausencia.

Caminaba por el campo y la sentía en el cielo, caminaba cerca al mar y la veía en la arena.
En cada trozo de vida y en cada señal de muerte. Si bajaba al infierno envuelto en dolor o si era llevado al viento en brazos ajenos. Si la naturaleza hablaba o hacía vibrar la tierra e incluso cuando el destino se emperraba en hacerlo explotar de rabia.

¡Y eran tantas las veces!

Con el tiempo la olvidaba, llegaba a nuevas tierras y soñaba otras miradas.
Esperaba soltarla y sí, pero perdido en el ideal de un camino inacabable, ella siempre volvía.

Y una tarde lo miró. Ni el caminante, ni sus ojos, ni los árboles,  ni el sol; nadie pensó que llegaría ese momento. O quizás de tanto pensarlo, dejó de creerse posible. Pero pasó y desde entonces lo quiso.

Lo quiso en el fresco azul del agua y en el ágil silbido del aire, en las luces del pueblo y en el oscuro sonido del amor esperado. Lo quiso.
Como una marca en la tierra. Como una herida en el aire.

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