El miedo estremece

Un día cualquiera en la calle Vargas Machuca de Miraflores, una niña de cuatro años mira atenta a una puerta.

Está sentada hace cinco minutos en el altillo que separa la vereda de la quinta, que es terreno de nadie y de todos, menos de ella.
Vive desde que nació en un pequeño departamento de dos plantas, que permanecerá por siempre en su recuerdo opacado por un filtro azul marino accidentado; quizás por el color de las alfombrillas que cubren los peldaños de la escalera caracol que une la cocina con el resto de la casa o quizás por cualquier otra razón como la poca luz que entra por la ventanita que imagina que por algún lado habrá. Sus memorias son borrosas, mezcla de realidad e historias inventadas.

Diez puertas componen la quinta. Corresponden a diez casas ocupadas por diez familias en vías de desarrollo; como el país donde se encuentran, como el mundo y como ella misma. A veces se oyen gritos por la noche. La vecina del frente parece necesitar ayuda. Lo dicen las pupilas de la niña cada vez que la oye, lo dicen sus manos, que se separan de golpe dejando caer  una moneda al suelo.

Sentada en el umbral que separa su primer hogar del resto del mundo, observa la puerta del frente y piensa cosas imposibles de recordar. Sus pequeñas piernas blancas cubiertas por un vestido azul, tiemblan por un segundo: desde la esquina, allá al fondo de la quinta, aparece perdida una rata, de esas negras, de esas grandes.

Podría haber gritado, llorado, corrido. Podría haber aparecido su madre trayendo al fin la comida para dársela de a pocos mientras le contaba algo con voz dulce en su lugar favorito, podría haber reaccionado y podrían haberla salvado.

Parpadeó una vez, la sintió caminar sobre sus pies descalzos y se fue.

Aprendió que el miedo estremece.

Pasaron años, la quinta desapareció, la vida pasó, nadie vino a salvarla y siguió viviendo descalza por el resto de sus días.

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El Viaje

Un cordón de plata le permite viajar a otros mundos sin temor a perderse.
Se aleja del origen hasta el borde del dolor, hasta casi morir de nostalgia;
y vuelve, malherida y de rodillas a lavar los pies de sus fantasmas, rendida ante lo que nunca pudo ni podrá vencer.

Una ola de tierra fértil la cubre en sueños, fundiendo su piel en el centro de una ofendida realidad, donde lo crudo es común, donde no hay luz ni música de fondo.

Palabras

La luz que atraviesa las paredes naturales bajo el cielo parece querer cambiar la dirección del mundo; mientras yo, de espaldas contra el césped, espero palabras que pronto me alejen de la desesperación.

Las busco entre las hojas, que iluminadas por el sol, son más intensas y claras de lo habitual.

Las busco temprano y no las encuentro. Las busco a la tarde.

Sé que están cerca a mi, ocultas en el espacio que dejaste entre el aire que respiro y el calor del verano, entre el viento caliente que sin prisa cruza cerca a ellas. Desde arriba y hasta aquí, donde la tierra me absorbe, donde la noche me cae.

Sé que están, acarician las ramas y tocan a ojos cerrados la vida que se posa en ellas. Escondidas observan el tiempo pasar en mi piel, caminan mi cuerpo y descansan en él justo ahí, donde a veces te perdías. Llenas de esperanza, llegan hasta mi en el tiempo y parecen decir tu nombre, que como toda palabra ajena, se va pero regresa.

Las espero de nuevo en la mañana, pintadas de color tierra.

Las espero a la tarde.