¿Qué hace al náufrago la mar para devolverlo a la tierra?

Contó un hombre alguna vez la historia de su encuentro consigo mismo tras por fin abandonar sus propios mares y pasar a caminar en tierra firme.
Es la historia del fin de un naufragio auto-impuesto, uno de los que cada tanto nos toca vivir.

Extasiado por la belleza del momento, pensé que el mar me extrañaría o quizás ya lo estaba haciendo. 

Cantó en mis sueños de papel una música lejana, que amargamente me atrajo hasta una villa. 
En ella el cielo era azul y algunas rocas impedían su acceso desde el agua.
Trepé oyendo voces que parecían sirenas y mientras las oía, llegué al abismo del mundo; mi mundo.
Desde donde podía ver el sol cayendo, el mar paciente y la vida, sobreimpresa en el paisaje.

Me quedé un momento agradecido, conversando con el aire sin preguntas.

Volteé y caminé.
Aunque iba descalzo, mis pies no sentían dolor: 
El roce de esa tierra que todavía húmeda  formaba caricias amables para mi, estaba lleno de significado.

Mi piel curtida por los días largos bajo el sol era ahora del color de esa tierra que pisaba.
pero no sólo en eso nos parecíamos; ambos éramos frágiles, dulces, vulnerables al viento y al futuro que algún día nos acecharía ambicioso.

Cuando contó su historia al poblado, dijo que había olvidado que el suelo reflejaba su sombra inmóvil, recordando solo en ese momento lo finita que era su existencia.

A cierta hora del día, mi sombra estaba más cerca de mi cuerpo lo cual extrañamente me hizo sentir seguro. Pensé que ya estaba listo para dejar de estar perdido.
La isla estaba llena de gente escondida. El mar gritaba y con su brisa despeinaba, como queriendo quitarme el miedo. Lo miré de nuevo, vasto y absoluto. Vida escondida bajo un gran telar celeste hipnotizante. El mayor espectáculo que hubiera visto jamás apareció ante mí como un escenario perfecto.
Para un hombre como yo, rendirme ante la imposibilidad de encontrar un espacio mejor que ese era lo único que estaba a mi alcance.

Era el lugar soñado donde si pudiera, habría elegido desarrollar todas las escenas de mi vida.

Fue ahí donde se encontró a sí mismo. Nos contó que agradecido, le dijo en alto a la mar:

Me inspiro en ti desde arriba, donde la tierra termina y empiezas tú a ser mi Dios. 
Desde donde no hay distancia y es tal tu misterio, que agotas. 
Y no pregunto.
Porque de día no hay dudas en tu inmensidad,
ni en tu negrura que enamora de noche porque se sabe clara al amanecer que llega.

Encontró en el agua, tierra y en la tierra su extraviada valentía y siguió adelante.

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Los Perdidos

Es el músculo del alma el que no entiende su luto
y el vacío entre sus voces lo que oímos de ellos.

Ellos, que cercanos al miedo prefieren vivir,
mientras atrapados en el egoísmo de una pobreza dorada,
se seducen y comparan.

Caen flácidos al suelo envenenados con palabras vacías
y reviven cada tarde en el tumulto de las plazas.

Esos mismos que parecen haber conocido la dicha.
Que sonríen en público y se golpean a solas,
que en las formas se encuentran
y en el fondo se apartan.

Olvidan que hay luz en la sombra
y el carisma de la gente el domingo por la playa;
estas tardes de verano embrujadas por el fuego,
los arándanos y la luna coronando el mar.

Alguna vez se supieron ajenos en la noche y lo olvidaron todo.
¡Ellos son los perdidos!
Los que se atreven a juzgar,
los que sin rumbo, flaquean.
Enemigos del silencio que antes gritaron venganza.

(Parte I)

No es perverso no considerarte amigo.
Ni dejar de esperar verte pasar cerca a mí cada tarde.
No hay culpa al engañarte,
ni al abrazar tus pesadillas sin querer salir de ellas.
No hay desdicha en no pensarte.
No es triste y no debe serlo.

Porque te vas pronto y llegas tarde.
Porque al volver buscas
y ves,
en el rencor de mil tardes olvidadas,
la soledad de una realidad que agota
y socava en mis entrañas
todo lo que antes latía.

Porque para qué mantenerte vivo,
admirado, sentido…
como un recuerdo que atormenta,
pudiéndote entregar al tiempo
y dejarte enterrado en mi.

Osvaldo Rossler

Escribo desde un bar, desde una mesa
con tajos, quemaduras,
manchas de suciedad antigua.
Es una mesa de madera,
es una mesa de silencio,
es una mesa hecha de tablas,
con paciencia, con tedio, con rutina,
es una mesa y también
un estado del alma,
es un apoyo más, es un soporte
donde puedo volcar y descansar
del peso de mi cuerpo, los dos brazos,
donde puedo escribir
en medio de la gente, lo de siempre.

Café Tortoni, Buenos Aires, Argentina.

Para verlo

Dame vida para abrazarlo,
para un día de pronto dejar de desearle
y al otro amarle de nuevo.

Para verlo de veras,
perdido entre la luna que despierta
y el sol que lo amasa en sueños desde lejos.

Dame vida para temer su abandono,
para esperar sin querer la partida
y luego volver a confiar en sus ojos.

Para esconderlo en mi espalda cuando se equivoque
y pedirle que sonría cuando me esté yendo.

Para verle del todo,
sentado en la sala
contándome historias de amor.

Para extrañarlo cuando imagino
mi cuerpo saltando al vacío,
donde amarle no duele.

Dame vida para temerle,
para sentir mi corazón latir
y mi piel gritar.

Para doler en él y escucharlo hablar.
Para aprender canciones y odiarnos a veces.
Para hacer planes, para deshacerlos.

Dame vida para verlo.
verlo de veras,
verlo del todo.

Adrienne Monnier, 1922.

(…)

¡HOMBRE DE CÓLERA!

¡Vuelve impaciente a interrogar el olvido!
¡Huye de tu padre y de tu isla, arranca tus raíces!
Viaja como extranjero, hay que tocar aún el fondo.
Hay que saber, hay que colmar el vacío.
¡Que la virtud de un movimiento nuevo
Te sea dada! ¡Vuelve impaciente!

Se adensa y se endurece la sombra
En torno al fuego de tu rapidez.

¡Haz crujir la corteza, trueno!
¡Con el talón que golpea,
Con el puño que se crispa,
Con el ceño fruncido,
Con la boca torcida,
Con el rayo de los ojos,
Con gritos y con lágrimas,
Que se rasgue la tierra!
¡Que la fuerza de tu violencia
La arroje en tu poder!
¡Abre con tu palabra el juicio!
¡Haz que, por fin, la razones aparezcan!

Este arte para la memoria aún tan pesado
Te entrega el resplandor que todo puede definir,
Pero tan pronto como tocas el punto en que consientes,
Devuelto a tu medida, en el aire rebotas…

Emoción del retorno, suaves semejanzas.

Es el tuyo el secreto de los rostros que pasan.

De los misterios nacen superficies bruñidas.

Una nube alargada da lecho a tus ideas.

La libertad I

No hay éxito sin felicidad y no se puede ser feliz sin libertad.

La más ardua batalla por la libertad es contra nosotros mismos. Nuestras propias ataduras, nuestras propias cadenas. Entre otras, la codicia es una de las más fuertes porque nos ata sin poderlo notar.

Sin antes haber desechado la ambición (ese deseo ardiente por el poder, la riqueza o el reconocimiento) no podremos ser exitosos porque no hay auto-realización sin auto-liberación.
Sin embargo, en un mundo tan competitivo, es fácil confundir empeño y ganas con codicia. Lo hacemos constantemente cuando separamos el carácter humano de las personas, del resto de sus componentes.
Lo interesante no es culparnos por ello, sino evaluar con humildad y sinceridad la realidad de nuestras motivaciones y trabajar para cambiar éstas por otras más puras alejadas del ego.

La ambición puede ser un gran motor para muchos de nosotros, llevándonos a lograr objetivos que pueden hacernos ver desde lejos como personas de éxito. Nos sentimos orgullosos de nuestros logros pero algo falta. No existe el éxito si no va éste acompañado de ese algo más, a veces indescriptible.

Está claro que nuestra emotividad está más que aceptada como una realidad que nos configura como seres humanos y que no podemos apartar de otras esferas de la vida como el desarrollo profesional o familiar; pero a veces es tedioso encararla.

Esa sensación de calma que sólo pueden disfrutar los que consiguen construir sus sueños alejados del egoísmo y la codicia debe ser la inspiración para enfrentarnos a nuestras ataduras.

Reconocer la codicia y luego desecharla poco a poco, llenará de paz nuestra mente, que una vez liberada de la ansiedad que ésta genera, podrá entender mejor a nuestra voz interior, volviéndonos más compasivos e indicándonos el camino a seguir para convertirnos en personas genuinamente exitosas, capaces de vivir la vida en libertad.