Pellejos

Largas noches de espera hechas voz.  Dos figuras sin definir hechas grito y quince días de distancia en el aire. Cuando la espera acabó vencieron al color negro de sus sombras lamiendo el dulce de sus pieles.
Abrieron las puertas para evitar el calor y dejaron entrar al viento que refresca cuando el amor cansa.

Esos cuerpos inseparables serían pellejos luego.
Y también cenizas echadas al mar.
Quizás sus hijos se encargarían de esparcirlas por el puerto.

Desearon en silencio aguantar la vida juntos y burlarla a escondidas, pasando el verano abrazados.
Vencieron al tiempo, al ruido de los vecinos por la mañana y al no saber de los días. Él y ella, igual de perdidos.
Serían pellejos luego, es cierto. Historias agradables de un pasado lejano.

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El viaje del domingo

Despierta la angustia a las nueve del domingo. Prepara una idea complaciente y desliza una mano hacia su pecho.
Imagina la caricia mientras repasa, una a una, las cosas que debe hacer.

Revuelve la tela todavía tibia de soñar y rechaza la prohibición de simplemente no hacer nada.
Se permite ir… y va. Flota sobre la madera hasta el salón sin cristal, dando un paso más al vacío. Se espanta la culpa a bostezos mientras mira hacia abajo las calles.

Es domingo y merece descansar.

El viento de la mañana le enfría los párpados, “¿qué habrá sido de la fuerza de la tierra? ¿cuánta levedad necesité para dejar de caer?”

El mar parece esperarla allá lejos. Lo ve desde el salón detrás de la humanidad, donde el cielo pierde el sentido y el deseo sabe a libertad.  Allá, justo detrás de los techos sucios de lima, justo debajo del cielo gris.
Allá, en el lugar perfecto para un encuentro. Sonríe mientras mira bajo sus pies el barrio despierto. Ese mismo que hace unas horas sonaba intranquilo y ahora se ve tan suave.

Sopla y caen pedazos de recuerdos. Sopla y desaparecen. “¿Qué habrá sido de la fuerza de la tierra? todo era tan vivo ayer…!”

Se hunden las historias en las pistas. La ciudad despierta y reposa en el aire. Rechaza la duda y se permite olvidar el ayer.

Un remolino la golpea. El aire agresor, la ira y la pena, el camino que lleva a la nada. La soledad y la furia. Todos contra ella.

La brisa fría sala su cuerpo, ahora frío y adolorido. El mar la espera sin saber si llegará. Las olas y los seres del agua están fríos y los domingos son para descansar.