Los heraldos negros. César Vallejo

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

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Cardo o Ceniza

Como será mi piel junto a tu piel
Como será mi piel junto a tu piel
Cardo, cenizas, ¿cómo será?

Si he de fundir mi espacio frente al tuyo
Como será tu cuerpo al recorrerme
y cómo mi corazón si estoy de muerte

Se quebrará mi voz cuando se apague
de no poderte hablar en el oído
Se quemará mi boca salivada
de la sed que me queme si me besas

Cómo será el gemido y cómo el grito
al escapar mi vida entre la tuya
y cómo el letargo
al que me entregue
cuando adormezca el sueño entre tus sueños.

Han de ser breves mis siestas
Mis esperos despiertan con tus ríos.

Pero, pero como serán mis despertares
Cada vez que despierte avergonzada
Pero como serán mis despertares
Cada vez que despierte avergonzada…

Osvaldo Rossler

Escribo desde un bar, desde una mesa
con tajos, quemaduras,
manchas de suciedad antigua.
Es una mesa de madera,
es una mesa de silencio,
es una mesa hecha de tablas,
con paciencia, con tedio, con rutina,
es una mesa y también
un estado del alma,
es un apoyo más, es un soporte
donde puedo volcar y descansar
del peso de mi cuerpo, los dos brazos,
donde puedo escribir
en medio de la gente, lo de siempre.

Café Tortoni, Buenos Aires, Argentina.

Adrienne Monnier, 1922.

(…)

¡HOMBRE DE CÓLERA!

¡Vuelve impaciente a interrogar el olvido!
¡Huye de tu padre y de tu isla, arranca tus raíces!
Viaja como extranjero, hay que tocar aún el fondo.
Hay que saber, hay que colmar el vacío.
¡Que la virtud de un movimiento nuevo
Te sea dada! ¡Vuelve impaciente!

Se adensa y se endurece la sombra
En torno al fuego de tu rapidez.

¡Haz crujir la corteza, trueno!
¡Con el talón que golpea,
Con el puño que se crispa,
Con el ceño fruncido,
Con la boca torcida,
Con el rayo de los ojos,
Con gritos y con lágrimas,
Que se rasgue la tierra!
¡Que la fuerza de tu violencia
La arroje en tu poder!
¡Abre con tu palabra el juicio!
¡Haz que, por fin, la razones aparezcan!

Este arte para la memoria aún tan pesado
Te entrega el resplandor que todo puede definir,
Pero tan pronto como tocas el punto en que consientes,
Devuelto a tu medida, en el aire rebotas…

Emoción del retorno, suaves semejanzas.

Es el tuyo el secreto de los rostros que pasan.

De los misterios nacen superficies bruñidas.

Una nube alargada da lecho a tus ideas.

Katya Adaui

(…)

Piensa:

El amor debe ser como montar bicicleta sin manos en una curva cerrada y mantenerlas lejos de los frenos. El amor debe ser que alguien siempre pregunte ¿qué quieres hacer? El amor debe ser que alguien sepa que puedo manejar bicicleta sin manos.

Hay personas en este malecón que me miran como si supieran algo de mí que yo desconozco. Podría confiar en ellas.

(…)

Extracto del cuento “Cómo montar bicicleta sin manos”

 

Hesse

[…]

Un día le preguntó:

– ¿También a ti te enseñó el río aquel secreto: que el tiempo no existe?
Una clara sonrisa iluminó el rostro de Vasudeva.

– Sí, Siddhartha -repuso-. Te estarás refiriendo sin duda a lo siguiente: que el río está a la vez en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes simultáneamente, y que para él no existe más que el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro.

– Así es -dijo Siddhartha-. Y cuando me lo enseñó, me puse a contemplar mi vida y advertí que ella también era un río y que nada real, sino tan solo sombras, separan al Siddhartha niño del Siddhartha hombre y del Siddhartha anciano. Las encarnaciones anteriores de Siddhartha tampoco eran un pasado, como su muerte y su retorno a Brahma no serán ningún futuro. Nada ha sido ni será; todo es, todo tiene una esencia y un presente.

[…]

 

Jose Romero de Juseu y Lerroux

Cantigas del amado.

Tus manos son plegaria y bálsamo.

Tus manos, lirio suave,
no son de poesía sueños vanos,
ni albor de mariposa
corola de veranos
en laca marfileña; son… tus manos.

Las quiero entre las mías
formando recogidas blando nido,
temblorosas y frías,
sorpresas del temido amor,
que sin querer por ti es sentido.

Anhelan escaparse
de su cárcel vernal sintiendo agravios,
y a quietudes tornarse
reposadas de labios,
con renuncias de amor en desagravios.

En su temor continuo,
tus silencios son yermo sin amores,
estepas de camino,
rosaleda sin flores
y espejismo de amor, sus resplandores.

Averso a lo felice
es obstar los recuerdos de un pasado
que a lo presente dice
cantigas del amado,
por más distante, menos olvidado.

Que el tiempo, con espuela,
aguija a los corceles del mañana
y en juventudes vuela
a la vejez temprana,
que inexorable muerte llama ufana.

Ángel González

Qué perezoso día
que no quiere marcharse hoy y a su hora.
El sol, ya tras la línea lúcida del horizonte,
tira de él,
lo reclama.
Pero los pájaros lo enredan con su canto
en las ramas más altas
y una brisa contraria
sostiene en vilo el polvo dorado de su luz
sobre nosotros.
Sale la luna y sigue siendo el día.
La luz que era de oro, ahora es de plata.

“Un largo adiós” (Otoño y otras luces, 2001)

Mario Benedetti “te quiero”

Siempre en mi recuerdo, uno de mis favoritos.

Tus manos son mi caricia,

mis acordes cotidianos;

te quiero porque tus manos

trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos

mi amor, mi cómplice, y todo.

Y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos.

Tus ojos son mi conjuro

contra la mala jornada;

te quiero por tu mirada

que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía,

Tu boca no se equivoca;

te quiero por que tu boca

sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos

mi amor mi cómplice y todo.

Y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero.

Y tu paso vagabundo.

Y tu llanto por el mundo.

Porque sos pueblo te quiero.

Y porque amor no es aurora,

ni cándida moraleja,

y porque somos pareja

que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso;

es decir, que en mi país

la gente vive feliz

aunque no tenga permiso.

Si te quiero es por que sos

mi amor, mi cómplice y todo.

Y en la calle, codo a codo

somos mucho más que dos.